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Comala Web, la revista. Mayo del 2012
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Tu Espacio
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Escrito por Gilbertro Guerrero Ríos
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Lunes, 07 de Mayo de 2012 21:42 |
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 MUERTE Y DESAHOGO Gilberto Guerrero Ríos Es fiesta de boda: En el cuarto grande de La Hacienda Vieja, arreglado especialmente para la ocasión, ya la mayoría de los comensales e invitados se encuentran ebrios o, por lo menos, “alegres”. El conjunto de Reynaldo toca y canta las canciones de moda. Al acercarse Maximiano a pedir que toquen una vez más “Mi gusto es”, su canción predilecta, Reynaldo disimuladamente palpa el verduguillo que siempre lleva dentro de la funda en que carga la vigüela: Aunque ya han pasado 10 años, Reynaldo no puede olvidar aquel incidente que le produjo el peor trauma de su vida, prometiéndose a sí mismo algún día cobrar venganza. En ese entonces, Maximiano, aún soltero, de ser un simple gañán, recién había pasado a disponer de todo el capital y el ganado que heredó Luisa, su hermana, al quedar viuda, y quien no sólo le permitió el manejo de la herencia, sino que presumía de que su familiar le ayudara al buen manejo de las más de cien cabezas de ganado que había en el potrero. Maximiano, en su juicio, era muy habilidoso para el trato con las personas y para los negocios; pero en cuanto se emborrachaba, se ensoberbecía y le daba por alardear de valiente con los hombres, y querendón con las muchachas. Fue una madrugada en casa de la Yegua, cantina y lupanar del pueblo, cuando Maximiano, delante de dos o tres borrachos desvelados, entre ellos el Mudo, ante la negativa del director del conjunto, padre de Reynaldo, a continuar tocando por estar ya muy cansados, sacó la pistola para amenazar a los músicos, entre los que estaba Reynaldo, entonces de 15 años, y carcajeándose les disparó a los pies, huyendo aquellos despavoridos. Eso, al parecer, fue la causa del inicio de los males del padre de Reynaldo, quien con dificultad para respirar y dolor en el pecho falleció poco tiempo después. El joven músico nunca reclamó a Maximiano su proceder; se guardó su rencor y cavilando se decía que ya llegaría el momento de descargar tanto odio retenido. En ocasiones, hasta se hacía el desentendido y forzaba una sonrisa cuando Maximiano, en las fiestas del pueblo, se le acercaba ya borracho y, llamándole “mi Rey”, le pedía que tocaran “Mi gusto es”. Ahora, entre los asistentes al jolgorio también se halla el Mudo que, como es su costumbre, aprovechando su discapacidad, a todas las fiestas se cuela. Reynaldo es de los pocos que le dispensan un trato especial, dándole comida y bebida, así como alguna moneda de vez en cuando. Maximiano ya anda ebrio y, por tanto, haciendo de las suyas: apapachando a las mujeres, especialmente a las jovencitas, y retando a cualquiera que se le pone enfrente, ostentando su pistola para intimidar. Es padrino de velación, conjuntamente con su mujer, Inocencia, hermana ésta de la novia. -¡Déjalo, no te fijes, de ai no pasa!, ¡así es cuando anda tomado!- dice un tanto apenada Inocencia, tratando de calmar a Leopoldo, un mocetón que tiene fama de no dejarse de nadie y que, también pistola al cinto, le reclama airadamente a Maximiano el que hubiera manoseado a su hermana Herminia. Los asistentes a la boda, al oír la discusión y ver que Leopoldo y Herminia forcejean con Maximiano, y dándose cuenta que los dos hombres andan armados, no esperan más y salen corriendo. Luego empieza la balacera: Maximiano dispara a quemarropa a los hermanos, cayendo Herminia muerta en el acto. Leopoldo, herido y antes de ser ultimado por Maximiano de un segundo disparo, alcanza a descargar su pistola contra los esposos, pegándole un balazo en la cabeza a Inocencia, quien abrazaba a su marido tratando de protegerlo; Maximiano, herido en un brazo, angustiado, sostiene contra su pecho el cuerpo de su esposa intentando en vano reanimarla. Los músicos huyen en estampida, menos Reynaldo, quien aprovechando la confusión y que Maximiano le da la espalda, saca rápidamente el verduguillo de la funda y de un golpe certero se lo introduce completo en el tórax, experimentando al hacerlo como si se liberara de un pesado fardo. Luego, con toda sangre fría, antes de salir del lugar, esquivando los cuerpos de Maximiano, Inocencia y Leopoldo, Reynaldo se inclina y pone el verduguillo en la mano derecha del cuerpo inerte de Herminia, al tiempo que descubre una figura solitaria, agazapada detrás de un horcón: Es el Mudo, quien lo ve fijamente con una mirada de asombro y complicidad.
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Tu Espacio
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Escrito por Eduardo Mendoza Lázaro
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Lunes, 07 de Mayo de 2012 21:35 |
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 El libro Eduardo M. Lázaro omo todos los sábados por la mañana, llegas a la biblioteca. Saludas a Irma sin voltear, más por costumbre que por cortesía, pero no adviertes que nadie te responde. Te instalas en tu rincón favorito, aquel en el que te sientes cómodo y en el que has implantado tu oasis, o mejor dicho tu isla. Tu espacio. Es temprano y ya has terminado la tarea del taller de cuento, pero tienes deseos de leer un poco y buscas algo diferente. Tal vez algún escritor poco conocido que ayude a refrescar tus ideas. Ya has recorrido esos anaqueles unas 579 veces, y te sabes de memoria los autores y sus obras más representativas. De repente te detienes. Notas algo fuera de lo común. Algo que no estaba ahí la última vez que lo exploraste. Un libro en especial llama tu atención. Parece a simple vista un libro común. Lo es, su título no te dice nada. Además no contiene el código de la biblioteca y se encuentra totalmente fuera de lugar. Tu instinto de ratón de biblioteca te dice que ese libro no debería de estar ahí. Piensas que seguramente alguien lo olvidó y que Irma con el afán de tener los libros en los estantes, lo ha puesto descuidadamente en ese lugar, probablemente con la esperanza de que su dueño lo reclame. Sientes una punzada de curiosidad y lo tomas para verlo más de cerca. Lees de nuevo el título. Pero cuando miras el nombre del autor, das un respingo y casi dejas caer el libro. El autor tiene tu nombre. Pero no solamente eso, sino que además firma con tu seudónimo. Aquel que utilizas para firmar tus obras en el taller de cuento y que estás seguro que es muy tuyo; hasta ahora. Giras tu cabeza hacia donde crees que se encuentra Irma para reclamar la pesada broma, pero en su lugar no se encuentra nadie. De hecho, te sorprende que no haya ni un alma en la biblioteca además de ti. Te alisas el cabello y mojas tus labios resecos. Abres el libro en la primera página y lees rápidamente los primeros párrafos, con una avidez semejante a los que han comprado un boleto de lotería y que buscan afanosamente en la lista de premios. Pero tu ansia es distinta. Sientes una especie de opresión en el vientre. Algo como un peso viscoso. Aguantas la respiración mientras lees, como si de eso dependiera tu vida. Sientes vértigo. Lo que has leído es absurdo. No tiene sentido. ¿O sí? El libro relata con tu estilo de escritura, tu propia vida. Desde tu nacimiento. Conforme vas devorando los párrafos, tu angustia y tu asombro van en aumento. Ahí están detalladas todas las cosas importantes y trascendentales que te han sucedido. Anécdotas olvidadas y decisiones que marcaron tu vida. Tus primeros amigos de la escuela, tus amores infantiles, tus sueños, tu adolescencia. Vas pasando páginas y leyendo también tus errores, perversidades y decisiones equivocadas. Todavía hasta este momento piensas que es un sueño y que despertarás en cualquier instante. Pero no es así. Te detienes de pronto, no puedes continuar. Ahí están los hechos vergonzosos de tu vida. La miseria humana escurriendo en esas palabras escritas por alguien que no eres tú, pero que te conoce sin duda; ¿quién, aparte de ti, sabe de esas oscuras cosas que quisiste olvidar y enterrar para siempre? ¿Quién conoce tus más íntimas e inconfesables fantasías, que han sido desgranadas con la maestría de un aprendiz de escritor? Temes continuar leyendo, y haces un esfuerzo por dejar de hacerlo, pero no puedes. No ahora que está pasando tu vida como en una película, o mejor dicho como en un libro frente a tus ojos. No puedes parar, ya has leído casi medio libro y apenas el reloj marca las diez de la mañana. ¿Se habrá detenido el reloj o será el tiempo? Te sigues preguntando quién pudo hacerte aquello. Tratas de mirar a tu alrededor de nuevo y ver si Irma ya está en su escritorio, sin embargo todo sigue igual. ¿O no? Entonces lo notas. La luz ambiental ilumina de manera extraña la atmósfera. El escritorio de Irma es el mismo, pero no exactamente. Tu mesa y tu silla son las de siempre, pero no estrictamente. Algo imperceptible ha cambiado. Hay un silencio que duele. Un momento sin tiempo. Un instante sin espacios. Inmóvil. Entonces todo encaja. Saltas al final del libro y lees de manera atropellada el último párrafo… Comala, Col., 29 de marzo de 2012
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Actualizado ( Lunes, 07 de Mayo de 2012 21:41 )
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Tu Espacio
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Escrito por N
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Lunes, 07 de Mayo de 2012 21:28 |
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TEOREMA DE ANGORAS x N Una indecente derivada le propuso a otra: Integrémonos. Había, en un universo paralelo, un lugar llamado Integralia donde coexistían plenamente toda clase de figuras geométricas. En el primer cuadrante de ese plano cartesiano, se encontraba una línea estirada que se creía mucho porque se sentía muy recta. Entre dos puntos yo soy la distancia más corta -le presumía a un punto que se encontraba cerca de él. El punto puntilloso respondió: Todo lo que has vivido y escuchado hasta ahora es mera fantasía, cosas de perspectivas. Aún la distancia más corta en cualquier mundo esférico tiene su pequeña comba. A qué punto habremos llegado, ahora hasta los trinches puntos creen que tienen la razón. Si es que sabes mucho, ¿Cuál es mi función en éste cosmos? -refunfuñó encolerizada la línea digna. - Tu función es f(x) = mx + b cuando b es distinto de cero. - Me hablas en lenguas extrañas. - No todo lo que crees, es. Sí quieres entender algo en realidad, sólo te diré que: Las líneas no existen, son sólo producto de un efecto óptico. Tú estas compuesta por una serie/sucesión/secuencia de puntos continuos y unidos entre sí. Además jamás podría existir elemento rectilíneo alguno en un universo curvo donde todo lo contenido en él es idem. Los verdaderos protagonistas no siempre son quienes se creen, ¿no crees? La línea quiso salirse por la tangente, pero ya no pudo. Su mente era tan obtusa, tan cuadrada y tan limitada que no podía concebir semejante concepción de su no existencia en ese éter matemático. Fue tanta su frustración que al mismo tiempo que empezaba a estirarse y a estirarse al máximo posible, gritaba: Ése es tú punto de vista. Digan lo que digan yo soy lo más extraordinario y grande que ha existido en está dimensión. Salió indefinidamente proyectada de donde se encontraba. Atravesó el espacio conocido y entró en uno totalmente desconocido. Creyó que podía estirarse continuamente hasta que el infinito le dijo que no. Se equivocó rotundamente, reventó. En el continuo ciclo de la vida gráficamente descriptiva, hoy renace un pequeñísimo punto. Es tan diminuto que no se alcanza a percibir si es un Dx o una Dy. Pronto crecerá y se formará una nueva y gratificante representación descriptiva, surgida de una perfecta ecuación entre la función del tiempo contra el espacio mismo. ¿Qué maravillas depararán a ése punto? ¿Será otra vez una línea estirada? ¿Se trazará como un armónica Cardioide? Quizás sólo terminé siendo una curvilínea y sensual función Seno. COROLARIO: Excepto el perenne, nada puede alargarse hasta el infinito, todo lo demás tiende al límite, y el de éste texto está en ése punto de allá >.
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Actualizado ( Lunes, 07 de Mayo de 2012 21:41 )
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Tu Espacio
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Escrito por Gilbertro Guerrero Ríos
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Lunes, 07 de Mayo de 2012 21:24 |
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 UNA ZAPATILLA ROJA PERDIDA EN EL DESIERTO Gilberto Guerrero Ríos. -"Si el mundo tuviera culo, el culo del mundo sería La Cuenca Carbonífera". No pude evitar traer a la mente tal afirmación, que hiciera en tono de chunga mi amigo Roberto, al enterarse que la compañía de productos farmacéuticos en que yo trabajaba como directivo, me enviaría a esa región la semana siguiente. Cuando llegué a dicha zona, de cuyas minas se extrae el carbón mineral para la industria en el país, confirmé que, de verdad, no era como para echarle piropos. El suelo, plano y desértico, aunado a lo extremoso del clima: temperaturas de hasta 40 grados en verano, y bajo cero en invierno, así como las poblaciones del rumbo, grises y polvosas, realmente no despertaban el deseo de visitarlas como turista. Sin embargo, de inmediato me dí cuenta que su gente, muy norteña de finta y modales, desborda amistad, atenciones y complacencia con todo aquel que llega. Hombres y mujeres bien plantados, atractivos físicamente, sencillos y cordiales en su trato, hacen olvidar al recién llegado la poca gracia de la región y la temperatura inclemente. Ya instalado en un hotel de Sabinas, una de las pocas poblaciones con cierto decoro en cuanto a la urbanización, me comuniqué con Artemio Mares, un amigo de la facultad, oriundo de aquel lugar, quien infructuosamente, cuando estudiantes, me había invitado muchas veces a visitarlo. Ahora quise pedirle orientación y sugerencias para el mejor desempeño de mi trabajo en dicha región. Como buen norteño, de inmediato se presentó en el hotel, con una actitud franca y sincera para ayudarme en todo lo pertinente a mi trabajo y, ademàs, invitarme a visitar lugares y conocer gente del rumbo. _ Mira, güerco, lo primero que vamos a hacer ahora que es fin de semana, es visitar el bar de La Teodora, en Múzquiz, ya verás que no te arrepientes. De otro modo no podrás decir que estuviste en La Cuenca Carbonífera. Y no te preocupes por nada, yo traigo mi mueble, refiriéndose a una camioneta Silverado bien equipada y último modelo, que me dejó atónito, aunque luego recordé que desde la facultad era de los de mejores posibilidades económicas en el grupo. Y uniendo la acción a la palabra, casi al oscurecer, partimos de Sabinas a Múzquiz, pasando por Nueva Rosita, San Juan y La Esperanza, poblaciones típicas de la región: polvosas y mal trazadas, ubicadas en pleno desierto cerca de las minas de carbón. El bar de La Teodora, en las afueras de Múzquiz, resultó ser un local agradable, construido de madera con detalles de ornato tipo americano, y bordeado de hermosos árboles, como un oasis en pleno desierto. Al entrar, me llamó la atención lo disímbolo de los parroquianos: La mayoría hombres de buena presencia, vestidos unos de chamarra de piel y otros, los menos, de mezclilla y jeans. La música, nada estridente, era variada, aunque predominaban los ritmos y canciones norteñas, que interpretaba un conjunto de 5 jóvenes decorosamente ataviados con traje informal. En cuanto llegamos, apareció una mujer cuarentona, todavía atractiva, aunque para mi gusto un poco entrada en carnes, La Teodora, que se dirigió sonriente a nosotros, saludando de beso a mi amigo Artemio. Una vez hechas las presentaciones, la dama insistió en que debíamos saborear los ricos filetes de la casa, asados a las brasas y cuyo aroma despertaba el apetito. -Pónganse cómodos -dijo LaTeodora antes de disculparse por dejarnos-. Luego vendrá Aurorita para que los atienda. Es una chica que no conoces, Artemio, pero seguro que les va a agradar. Y en efecto, a los pocos minutos apareció junto a nosotros este personaje. Y digo así porque aún ahora no me es fácil describirla: alta, bien formada, blanca y con los ojos verdes más hermosos que he visto en mi vida. Lucía un hermoso vestido negro no muy entallado, pero que dejaba adivinar su cuerpo armonioso. Y su sonrisa... difícil de calificarla por lo cautivadora. Calzaba un par de zapatillas rojas que daban a su porte un aire elegante y sensual. Artemio y yo no pudimos ocultar nuestro asombro y júbilo cuando ella se dirigió a nosotros, diciendo que "la señora" la enviaba para atendernos. -Siéntate, Aurora -le dijo Artemio. Mira, te presento a mi amigo Rolando, que viene de México a pasar unos días en la región por motivos de trabajo. Al estrechar su mano en la presentación, percibí la más hermosa suavidad que en mi vida había sentido al saludar a mujer alguna. Ella, con espontaneidad y una gran sencillez, me dirigió una sonrisa que hizo sentirme el más feliz y afortunado de los presentes. El flechazo, al parecer, fue mutuo, pues Aurora no dejó en ningún momento de dirigirse a mí, insistiendo en que deseaba que mi estancia en la región fuera lo más agradable posible, y que ella estaba en la mejor disposición de contribuir a ello. Artemio, al notar la empatía que de inmediato surgió entre la chica y yo, argumentando que quería saludar a algunos amigos que se hallaban en otra mesa, nos dejó solos. Fueron nada más dos o tres copas las que nos tomamos Aurora y yo, pero las suficientes para, de común acuerdo, salir del bar y bajo uno de los árboles, con la tenue luz que salía del bar y arrobados por la visión del cielo pleno de estrellas, nos besamos y la estreché con fuerza, percibiendo lleno de placer lo delicado de sus formas y la textura de seda de su cabellera color castaño. -Ven, -me dijo tomándome del brazo-, vamos a donde podamos estar solos y más cómodos. Y, dando un breve rodeo por la finca, entramos a una pequeña habitación, amueblada con decoro y buen gusto, a media luz, con un lecho amplio, mullido y suave donde, sin prisas, dejó que la desnudara, haciendo yo hincapié en lo mucho que resaltaban sus encantos con las zapatillas rojas que llevaba, mismas que permitió que, con gran delicadeza, se las quitara y, besándolas, las puse en la cabecera, junto a nosotros. Luego nos acariciamos sin recato, y con toda la libertad y el ímpetu de nuestra juventud hicimos el amor sin restricciones. Con calma, después de la entrega mutua, absoluta, regresamos al bar, no sin antes prometernos que volveríamos a estar juntos en el siguiente fin de semana, antes de regresar yo a México. Artemio, fingiendo inocencia, nos abordó para decirnos que nos había buscado sin encontrarnos; que él ya tenía mucha hambre y que los filetes a las brasas nos estaban esperando. En ese momento noté que el semblante de Aurora mostró una expresión de inquietud y turbación, al tiempo que se acercó a nosotros un mocetón alto y fornido, sonriente, y dejando ver alrededor de sus atractivos ojos claros la sombra oscura de ojeras, como de maquillaje, que inexplicablemente incrementaban su galanura sin merma de su viril estampa. -Aurorita, -dijo el joven- he estado buscándote desde hace una hora que llegué. ¿Dónde te habías metido, gùerquilla?. -Ah, mira, Aldonzo -respondió Aurora-, te presento a mi amigo Rolando, que viene de México, y con quien estuve platicando allá afuera. A Artemio ya lo conoces. -Está bien, después platicaremos -contestó el joven de las ojeras, estrechando un tanto demasiado fuerte nuestras manos-. Y sin dejar de sonreír, agregó mirando a Aurora: -No olvides nuestro compromiso, acuérdate. -Y se alejó dirigiéndose a la puerta de salida del bar-. Poco despuès apareció La Teodora, quien con una sonrisa un tanto fingida, nos dijo: -Por favor, muchachos, necesito que Aurora me ayude en algo. Mientras, disfruten de la carne, que está de rechupete. Artemio me sugirió que cenáramos los filetes que nos había servido un mesero. Luego, al terminar, me propuso que nos regresáramos a Sabinas, a mi hotel. En el trayecto, me platicó que en el bar le habían comentado que el tal Aldonzo era un tipo de poco fiar. Jefe de una cuadrilla de mineros de Barroterán, acosaba a Aurora pretendiendo hacerla suya, sin que ella le hiciera caso, aunque él pregonaba que sería de él o de nadie. Aún sin haberle inquirido, Artemio me aclaró que las ojeras que mostraba ese hombre eran comunes en los trabajadores de las minas, por el polvo de carbòn que se adhiere firmemente en los párpados, y que aunque se bañen y se limpien la cara, esas líneas oscuras alrededor de los ojos persisten por semanas. Eso todo mundo lo sabe en La Cuenca Carbonífera -finalizó Artemio. Por mi parte, le comenté que Aurora me había cautivado y deseaba con vehemencia continuar la relación, pasara lo que pasara. Nunca imaginé que esa expresión podría adquirir un toque de fatalismo. Al día siguiente, muy temprano, Artemio pasó por mí al hotel y, con la faz desencajada por el abatimiento, me dijo que venía de hablar con La Teodora. La mujer le informó que poco despuès de salir nosotros del bar, Aldonzo llegó para pedirle a Aurora que atendiera sus razones en cuanto a corresponder a sus pretenciones amorosas. Lo hizo con tal humildad que Aurora decidió escucharlo y todavía más, permitirle que la llevara de regreso a su casa, cerca de las minas de Barroterán. Antes de marcharse, la chica le hizo saber a La Teodora de su encuentro amoroso conmigo, y enfatizó que en el trayecto a su casa intentaría convencer al minero de la imposibilidad de su relación. Poco antes del amanecer, alguien le avisó a La Teodora que habían encontrado el cuerpo sin vida de la muchacha, en las inmediaciones de las minas de Barroterán, en pleno desierto, junto al cadáver de Aldonzo, ambos con un tiro en la cabeza. Los cuerpos se hallaban en la funeraria del sindicato de mineros, a donde acudimos de inmediato Artemio y yo. La Teodora, al vernos llegar, se dirigió a mi y me entregó con discreción una caja pequeña que contenìa, me dijo, la única zapatilla roja que encontraron con el cuerpo de Aurora, misma que consideraba yo conservaría con amor, pues la chica le había confesado nuestra pasión y la entrega mutua, incondicional, que se dio entre ella y yo. Antes de regresar a México, al terminar mi encomienda laboral, no pude contenerme de pasar por los alrededores de las minas de Barroterán y, con los ojos hùmedos, buscar una zapatilla roja perdida en el desierto... Villa de Alvarez, Col. Enero de 2012.
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Tu Espacio
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Escrito por Gilbertro Guerrero Ríos
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Lunes, 07 de Mayo de 2012 21:08 |
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 OJOS DE TEPOCATE Gilberto Guerrero Ríos La verdad es que Isidro y yo seguimos tratándonos y queriéndonos con la misma sinceridad de siempre, como hermanos gemelos, aún cuando mi madre nos confesó a él y a mí, a solas al cumplir 18 años, que en el rancho su sirvienta, Baudelia, madre soltera, les pidió a ella y a mi padre que se quedasen con su único y recién nacido hijo, Isidro, antes de morir de una fiebre después del parto. Mi madre me parió un mes después y nos registraron a los dos como hijos gemelos, siendo el cariño y el trato idéntico para ambos. Cuando del rancho “El Camichín” llegamos al pueblo de “San Miguel” para cursar la escuela primaria, todo el mundo decía que nos parecíamos mucho. Ambos éramos trigueños y de sonrisa fácil, con la única diferencia que Isidro tenía ojos claros y un tanto saltones. “Ojos de tepocate”, le puso de apodo doña Feliciana, la partera del pueblo contratada por mi madre para que nos cuidara como nana. A mi padre lo mató un rayo cuando Isidro y yo teníamos nueve años, pero le dejó a mi madre un buen capital, que él a su vez había heredado de mi abuelo, así como el rancho con más de cien cabezas de ganado que, con bastante inteligencia y empeño, mi madre supo administrar, por lo que nunca padecimos estrecheces. No sé por qué mi madre nunca se volvió a casar. Pretendientes no le faltaron ya de viuda. Alguna vez le oí decir que no quería darles un padrastro a sus dos hijos. En la escuela Isidro y yo siempre nos distinguimos por las buenas calificaciones que obteníamos, cursamos la primaria y la secundaria, que en ese entonces no había más en el pueblo, con el reconocimiento de todos los maestros y el beneplácito de nuestra madre. Después, ya adolescente, Isidro se inició en el manejo del ganado y del rancho, con muy buena disposición y sorprendente eficacia, lo que permitió a nuestra madre descansar de tanto ajetreo, pero sólo por poco tiempo, pues murió de un cáncer en la matriz cuando Isidro y yo estábamos por cumplir los 20 años. Yo, al terminar la secundaria y aprovechando las buenas referencias académicas, así como los recursos económicos que poseíamos, en la capital del estado cursé la normal, regresando al pueblo ya como profesor y casado con Eulalia, una hermosa chica que dejó su profesión de educadora para casarse conmigo e irnos a vivir a San Miguel. Aunque Isidro y yo nos llevamos siempre de maravilla, no sólo como hermanos sino también en el manejo de los negocios de cría, venta del ganado y manejo de las tierras, no sucedió lo mismo entre mi esposa y él. Desde que los presenté no congeniaron. Eulalia siempre se refería a él como “El cerril”, por su forma un tanto grosera de hablar y de conducirse. Y después, al enterarse del apodo que doña Feliciana le había puesto, conmigo a solas y entre grandes carcajadas, siempre lo nombraba como “el ojos de tepocate”. Isidro, por su parte, aunque vivía con doña Feliciana en la casa de al lado, sólo nos visitaba los fines de semana para acordar y planear todo lo referente al ganado y las tierras, mostrándose bastante frío e indiferente con mi esposa, aún cuando a veces con fingido gusto aceptaba las invitaciones a comer o a cenar. Yo con 29 años, Eulalia con 24 y ya con cuatro años de casados, empezamos a preocuparnos por el hecho de no tener hijos, así que decidimos recurrir a diferentes instancias para lograrlo, desde remedios empíricos con doña Feliciana, hasta consultas con ginecólogos de reconocido prestigio. De acuerdo con los primeros dictámenes, los médicos consideraron que se trataba de una esterilidad sin causa aparente y que a nuestra edad no había de qué preocuparse; pero de cualquier modo nos mandaron hacer algunos exámenes de laboratorio y gabinete para descartar ciertas causas secundarias de esterilidad en cualquiera de los dos. Feliciana por su parte insistía en que con sobadas en el vientre y unas yerbas que ella conocía, y que empezó a dárselas en el chocolate a mi mujer, en poco tiempo quedaría preñada. Finalmente, después de varias consultas, y faltando sólo el resultado del examen de mi esperma, Eulalia empezó con signos y síntomas inequívocos de embarazo. Olvidándonos ya de médicos y exámenes festejamos a lo grande. Eulalia estaba feliz como yo, tanto que hasta su trato para “el ojos de tepocate” cambió: se volvió amable y cordial. Isidro, por su parte, aceptaba las muestras de amabilidad de mi mujer con disimulada cortesía. El tiempo de gestación pasó con rapidez, y justo al cumplirse los nueve meses mi esposa inició un trabajo de parto sorprendentemente rápido. Tanto que, enterada Feliciana de la situación, nos dijo: no se preocupen, yo me encargo. Y sí, a las 3 horas del inicio de los dolores de parto, Feliciana salió para decirme con expresión radiante: Ya no te apures, es un chilpayate precioso, tiene el sello de la familia, salió con “ojos de tepocate”. 12-04-2010
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Actualizado ( Lunes, 07 de Mayo de 2012 21:21 )
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Cultura
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Escrito por Profr. Rubén Jaime Valencia Salazar
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Viernes, 23 de Diciembre de 2011 16:18 |
TRADICIONES Y FIESTAS  FIESTAS Las festividades que se realicen en barrios, colonias y localidades que conforman el municipio son en honor al Santo Patrono, complementadas con las del aspecto profano. ENERO | Lugar | Lapso (días) | Día principal | En honor a: | | Cofradía de Suchitlán | 9 | 12 | V. de Guadalupe | | Zacualpan | 9 | 25 | Sto. Santiago | | Col. L. Cárdenas | 9 | Variable | Sagrada Familia | FEBRERO | Suchitlán | 9 | 2 | V. de la Candelaria | MAYO | Col. del PRI. | 3 | 3 | La Santa Cruz | | Cofradía de Suchitlán | 9 | Variable | V. de Guadalupe | | La Caja | 9 | 15 | San Isidro | | Lagunitas | 3 | 15 | San Isidro | | Agosto | 9 | 15 | San Isidro | JUNIO | Col. La Trinidad | 9 | Variable | Stma. Trinidad | | Col. Cuauhtémoc | 9 | 13 | San Antonio de Padua | | La Becerrera | 9 | 13 | San Antonio de Padua | | Nuevo San Antonio | 3 | 13 | San Antonio de Padua | JULIO | Nogueras | 9 | 4 | Ntra. Sra. del Refugio | | Barrio Alto | 9 | 16 | Ntra. Sra. del Carmen | | La Nogalera | 1 | 25 | Sto. Santiago | AGOSTO | Agosto | 9 | 15 | Virgen María | | El Remate | 3 | 22 | Sgdo. Corazón de María | SEPTIEMBRE | Comala | 9 | 29 | San Miguel | | Los Colomos | 9 | 29 | San Miguel | NOVIEMBRE | El Remudadero | 9 | 11 | San Martín | | La Yerbabuena | 3 | 22 | Santa Cecilia | | Suchitlán | 2 | 22 | Santa Cecilia | | Campo Cuatro | 2 | Variable | Cristo Rey | DICIEMBRE | Comala | 9 | 12 | Virgen de Guadalupe |
Datos: Profr. Rubén Jaime Valencia Salazar Cronista
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Actualizado ( Viernes, 23 de Diciembre de 2011 17:16 )
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Tu Espacio
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Escrito por Lupita García S.
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Martes, 20 de Diciembre de 2011 23:16 |
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POR UNA VEZ MÁS DE DOS  Eran ángeles y demonios en el universo de un Sofá blanco. Lupita g S. Dentro de esta habitación tú eres una estrella de mar pegada en la pared él es tormenta suave penetrando manzanas. Somos más de dos manzanas de color verde haciendo el amor sobre un puñado de grises piedras. Lo besas y él te besa, me busca y yo voy donde tu boca. Me vuelvo tu caracola en un cuadro azul él es flor de alcatraz mostrándose sobre un blanco sofá. Tú vas más lejos, tus manos cerrando puertas para que no haya salidas, para que nadie sepa. Para que sea lo que quiera… amor querido amor. Amor sin recato, amor elevado a pecado en el mar azul de mis ojos cafés amor que resplandece abismos con su falo amarillo amor que en tus caderas suena diferente. Así son las cosas… Él, doble ración de cielo, yo, última estación. Tú, dividido en dos, acariciándome, besándolo. Somos girasoles bebiendo la claridad del día sobre un sofá blanco amor claro, amor que está…amor diferente. Sobre el imperturbable sofá me arrastras a sus brazos nos encierras en los tuyos, provocando a las fuerzas fálicas. Somos almas con piel, flotando en el universo almas aventureras de mis vías lácteas. Cuerpos con aroma a naranjas tersos como pétalos de rosa concediendo permitiendo amor sin punto ni coma. Esta pasión que te convierte en viento vertiginoso a mí me provoca vivir en tus ojos, sosteniendo su rostro en mi pecho mientras él se imagina ser un ángel con poder iluso de fuerza infinita. Somos amor que no se imagina, amor que está. Somos esa clase de amor que causa dolor cuando se siente. Él nos cuestiona mientras se estremece… dejas que te lleve le permito que transporte tu sueño en mi vientre su aliento en mi espalda como golpe aturdidor que duele mil años y la pasión en sus ojos gritando… ¡No sé, no sé! Bocas explorando túneles oceánicos, deseosas de tibios manantiales bocas que vienen y van como ardientes olas de mar. Labios recitando amor que no se volverá a dar comisuras donde muere la amargura y el sol se vuelve líquido lugar donde revienta la fe iluminando el abismo. Nuestra historia está escrita en arcilla adánica así son las cosas… Amor que obliga a callar y hace que contengan la respiración las miradas colgadas de la ventana que no importan. Que atemoriza tormentas y escandaliza diablos viejos. Amor que suena diferente. Una historia comunicante que se lee en la piel acto que se oculta en el secreto, protegido con piel bajo piel donde fuimos protagonistas: tú: estrella de mar él: falo emergiendo de la flor de alcatraz yo: rosa caracola. El cansancio nubla nuestros sentidos. Somos viento agotado, marea baja sobre el blanco sofá. Locura exiliada en tierras de la cordura, noches gélidas abrigando nuestras pasiones dormidas, volviéndonos cuerpos autistas depositados en el baúl del silencio.
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Tu Espacio
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Escrito por Marco A. Gutiérrez-Puente
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Martes, 20 de Diciembre de 2011 23:10 |
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LOS CORTOS DE MARCO  ACLARACIONES — Ay m’hijo, en realidad no sé cómo explicarlo; pero los comejenes , no comen genes… Y eso de que tu abuelo suelte polilla, es en sentido figurado… CUENTO CON CAPACIDADES DIFERENTES Aún paralizado por el miedo, logré atar a la lámpara sorda un cordel y la colgué en la muda pared, haciéndole nudo ciego. Afortunadamente el dinosaurio ya se había extinguido. ¿CRIMEN O SUICIDIO? Si colgaron el teléfono era lo de menos; lo cierto es que estaba muerto. ATENTO RECADO Mi muy estimada señora doña Urraca: Con todo respeto le comunico que su bello nombre ha caído en desgracia; o para que no le suene exagerado, en desuso. Aunque peor se lo cuento; su nombre se ha vuelto peyorativo, casi insultante y más cuando se le antepone la palabra viejo-a. Atentamente Clondrigo Díaz de Vivar. LA NOTA(N) ROJA —¿Pues qué demonios dice la nota? —Dice: “No se culpe a nadie de mi muerte” —Híjole, con esa letra yo hubiera hecho lo mismo. ¿O sospechamos de sus profesores? —Mejor hay que seguir investigando el mayor tiempo que se pueda, antes de darle carpetazo. Marco A. Gutiérrez-Puente Diciembre de 2011
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Tu Espacio
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Escrito por Eduardo M.Lázaro
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Martes, 20 de Diciembre de 2011 23:06 |
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Cuento de Navidad  Eduardo M. Lázaro ada año es lo mismo. Luces de colores, arbolitos, coronas, cancioncillas y tiendas abarrotadas de gente queriendo comprar a última hora sus regalos. Es increíble que la gente se entusiasme tanto por la navidad. De veras no los entiendo. Todo el año viven como perros y gatos y de pronto quieren cambiar en unos días y ser buenas personas. De la noche a la mañana. Salen de su casa y saludan al vecino amablemente con una sonrisa y le desean feliz navidad. Como si no recordaran que es el mismo sujeto que les arroja la basura a su patio. El mismo que saca a pasear a su perro y les deja un recuerdo en el jardín. Que se estaciona frente a su cochera sin ninguna consideración, estorbando la salida de su automóvil. Lo mismo les pasa a los niños. Con el soborno de los regalos, hacen que éstos se comporten medianamente bien, sobre todo después de que son advertidos: — si no te portas bien, no te va a traer nada Santa Claus—. Como si a Santa le importaran los berrinches y pataletas de los escuincles malcriados. Odio los centros comerciales en esta época del año. Con sus villancicos bobalicones, sus adornos exagerados, sus rebajas navideñas invitando al despilfarro y al consumo exagerado. Y la gente ahí, gastando el dinero que no tienen en regalos superfluos y extravagantes. A veces empeñando hasta sus calzones para quedar bien con sus amigos o familiares. Una estupidez. Pero lo que más odio sin duda es a Santa Claus, ese miserable gordo vestido de rojo, casi siempre acompañado de un enano vestido de verde simulando ser un duende. Grotesco. ¿Qué los niños y los papás no se dan cuenta de la clase de sujeto que es? Su rostro demacrado, dientes amarillos y ojos inyectados, hacen juego con su aliento alcohólico que envidiaría el propio demonio. Con un traje que es tres o cuatro veces más grande que su talla. Usando unas botas negras de jardinero sudadas y apestosas. Es increíble que los niños hagan fila para pedir sus regalos y después se tomen la foto del recuerdo con ese gordo artificial. A propósito, tengo que irme. Mi turno está por iniciar. Ustedes disculparán, pero tengo que ponerme todavía esta barba blanca que me hace cosquillas en la nariz y este gorro rojo que me cubre hasta las orejas. No dejen de visitarme con sus niños… Ah, y otra cosa: no olviden tomarse la foto. ¡Feliz Navidad! Jo, jo, jo,jo …
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