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Cuentos de Colaboradores
CUENTOS de nuestros colaboradores
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Los Cortos de Marco (cuento) |
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Escrito por Marco A. Gutiérrez-Puente
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Martes, 20 de Diciembre de 2011 23:10 |
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LOS CORTOS DE MARCO  ACLARACIONES — Ay m’hijo, en realidad no sé cómo explicarlo; pero los comejenes , no comen genes… Y eso de que tu abuelo suelte polilla, es en sentido figurado… CUENTO CON CAPACIDADES DIFERENTES Aún paralizado por el miedo, logré atar a la lámpara sorda un cordel y la colgué en la muda pared, haciéndole nudo ciego. Afortunadamente el dinosaurio ya se había extinguido. ¿CRIMEN O SUICIDIO? Si colgaron el teléfono era lo de menos; lo cierto es que estaba muerto. ATENTO RECADO Mi muy estimada señora doña Urraca: Con todo respeto le comunico que su bello nombre ha caído en desgracia; o para que no le suene exagerado, en desuso. Aunque peor se lo cuento; su nombre se ha vuelto peyorativo, casi insultante y más cuando se le antepone la palabra viejo-a. Atentamente Clondrigo Díaz de Vivar. LA NOTA(N) ROJA —¿Pues qué demonios dice la nota? —Dice: “No se culpe a nadie de mi muerte” —Híjole, con esa letra yo hubiera hecho lo mismo. ¿O sospechamos de sus profesores? —Mejor hay que seguir investigando el mayor tiempo que se pueda, antes de darle carpetazo. Marco A. Gutiérrez-Puente Diciembre de 2011
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Cuento de Navidad (cuento) |
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Escrito por Eduardo M.Lázaro
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Martes, 20 de Diciembre de 2011 23:06 |
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Cuento de Navidad  Eduardo M. Lázaro ada año es lo mismo. Luces de colores, arbolitos, coronas, cancioncillas y tiendas abarrotadas de gente queriendo comprar a última hora sus regalos. Es increíble que la gente se entusiasme tanto por la navidad. De veras no los entiendo. Todo el año viven como perros y gatos y de pronto quieren cambiar en unos días y ser buenas personas. De la noche a la mañana. Salen de su casa y saludan al vecino amablemente con una sonrisa y le desean feliz navidad. Como si no recordaran que es el mismo sujeto que les arroja la basura a su patio. El mismo que saca a pasear a su perro y les deja un recuerdo en el jardín. Que se estaciona frente a su cochera sin ninguna consideración, estorbando la salida de su automóvil. Lo mismo les pasa a los niños. Con el soborno de los regalos, hacen que éstos se comporten medianamente bien, sobre todo después de que son advertidos: — si no te portas bien, no te va a traer nada Santa Claus—. Como si a Santa le importaran los berrinches y pataletas de los escuincles malcriados. Odio los centros comerciales en esta época del año. Con sus villancicos bobalicones, sus adornos exagerados, sus rebajas navideñas invitando al despilfarro y al consumo exagerado. Y la gente ahí, gastando el dinero que no tienen en regalos superfluos y extravagantes. A veces empeñando hasta sus calzones para quedar bien con sus amigos o familiares. Una estupidez. Pero lo que más odio sin duda es a Santa Claus, ese miserable gordo vestido de rojo, casi siempre acompañado de un enano vestido de verde simulando ser un duende. Grotesco. ¿Qué los niños y los papás no se dan cuenta de la clase de sujeto que es? Su rostro demacrado, dientes amarillos y ojos inyectados, hacen juego con su aliento alcohólico que envidiaría el propio demonio. Con un traje que es tres o cuatro veces más grande que su talla. Usando unas botas negras de jardinero sudadas y apestosas. Es increíble que los niños hagan fila para pedir sus regalos y después se tomen la foto del recuerdo con ese gordo artificial. A propósito, tengo que irme. Mi turno está por iniciar. Ustedes disculparán, pero tengo que ponerme todavía esta barba blanca que me hace cosquillas en la nariz y este gorro rojo que me cubre hasta las orejas. No dejen de visitarme con sus niños… Ah, y otra cosa: no olviden tomarse la foto. ¡Feliz Navidad! Jo, jo, jo,jo …
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EL REGRESO DE ULISES. (Cuento) |
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Escrito por Gilbertro Guerrero Ríos
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Martes, 20 de Diciembre de 2011 23:01 |
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EL REGRESO DE ULISES. (Cuento)  Gilberto Guerrero Ríos. -Ay, pariente, qué gusto me da que estés otra vez aquí en Los Capires. Y más todavía que me hayas pedido que te acompañara a hacer este recorrido por el pueblo. Sí, ya sé que bien podías haber conseguido a alguien más que te llevara de un lado a otro; pero, pos, la verdad, aunque me esté mal el decirlo: pocos te pueden contar como yo de lo que ha sucedido en todo ese tiempo que tú estuviste fuera. Mira, ahí viene doña Trini, la Gallinera. ¿Te acuerdas que le pusieron así porque viniendo de fuera, compraba gallinas para irlas a vender a la ciudad en el mercado? Claro que no la ibas a reconocer, pos si de eso hace ya veinte años. De sus hijas, acuérdate que tenía tres, y las tres bien cabronas, se fueron con los guachos de un pelotón que llegó al pueblo después de una de las tantas matazones que había antes. Yo creo que hicieron bien en terminar de galletas. Aquí difícilmente iban a salir. Sin preparación ni dinero no la hacían, más bien hubieran terminado como tu comadre, la Pajuela, que nunca se casó y en qué se las vió para criar a sus 4 hijos; aunque hay que reconocer que lo vaga no se le quitó nunca. ¿No te acuerdas cómo le gritaba al carpintero Nicho el Caborreón?, de una esquina a otra: ¡Compadre, hazme un catre, te lo pago con sapo! Y se meaba de la risa la cabrona, por la sacada de onda que le daba con esos gritos al pinche de Dionisio. Pero te decía de la Gallinera, finalmente se quedó a vivir aquí, en Los Capires, y se las arreglaba para mantenerse con sobadas y poniendo ventosas y cataplasmas para los empachos. Ya de vieja, se juntaba con doña Chagua, la partera, y aprendió a asistir a las mujeres cuando iban a parir. Y le tienen bastante confianza, la pura verdad. Ah, pos te decía de las hijas de doña Trini, con los años al parecer sus guachos ascendieron y ahora dizque ya son oficiales. En el pueblo dicen que ya no son galletas, sino empanadas, porque cuando vienen llegan muy encatrinadas, ya rollizas, pero se ve que no les ha ido del todo mal. En cambio, mira, aquí vive doña Tencha, la viuda de el Mocho Jairo, con sus tres hijas, quedadas las tres, aunque dos son bien machorras y ni siquiera lo disimulan. Ah, pero eso sí, todas bien fijadas, persignadas y pretenciosas. Muy creiditas, viendo a todo mundo chiquito; por eso están como están, son como las mulas de El Diezmo, que de sus mismos pedos se asustan. No, si el pueblo ya no es lo que era cuando tú vivías aquí, y más ahora con la gente que se ha ido al norte. Y se sigue yendo. Ah, mira, ahí en esa casa verde vive Eustolia, aquella morena que te gustaba tanto, porque estaba bien acuerpadita, la mera verdad. Pero pos como tú te fuiste a Mexicali con tu familia, y luego hasta Washington, la Eustolia le hizo caso a un fuereño, el Alfeñique le pusieron de apodo por flaco, pero se llama Severo. Y qué te cuento, la Eustolia empezó a embarnecer en cuanto se casó, y ahora es un tinaco con patas la méndiga. Los vagos del pueblo dicen que Severo, cuando se acuesta con ella parece roño en parota. ¡Cómo ves! Acá en la orilla, junto al barrancón, en aquella casita de zacate, vive Candita la Ida. Es un alma de Dios, no sale de la iglesia, rezando y preguntando a todos los fuereños que llegan si saben de sus hijos y de su marido. Sí, cuando la matazón en la cantina de Leobardo, acuérdate, le mataron a sus dos hijos y a su esposo. Desde cuando los velaron empezó a írsele la razón. Nunca los lloró, y no acepta que ya están muertos; dice que se fueron a trabajar a la mina de La Colorada; quién sabe de dónde sacó ese nombre. Pero es bien tierna y amable con todo mundo. Hace su quehacer y es muy limpia. Su hermano Sidronio, al que le dicen el Berrendo, es quien se encarga de darle para el gasto diario. Pobrecita. Pero, vámonos sentando aquí en esta piedra, antes de regresarnos por el camino viejo al Tepehuaje, para que veas a otras gentes, y también platicarte mientras cómo me ha ido: Mira, Uli, tú sabes que a tí te tengo confianza, porque desde chiquillos nos criamos prácticamente juntos, en la misma casa. Tu mamá, la tía Lupe, siempre me tuvo estimación y consideraciones. Y nunca hizo distingos por mi forma de ser. Aunque a veces tú y tus hermanos no dejaban de burlarse por mis gustos de jugar con muñecas y querer hacer la comida y planchar. Pero eso sí, nunca he sido amanerado. Y sí, las cosas que me gustan más hacer son las que hacen las mujeres, menos vestirme como ellas. Yo no le veo nada de malo. Y ya no les hago caso a los cabrones que se burlan. Me vale madres. Yo siempre he salido adelante trabajando como hombre en el campo, o como mujer en la casa. ¡Y qué!. Tu mamá fue de las pocas señoras que nunca se avergonzó de mí, es más, siempre me dijo que ella quiso mucho a mi madre, Melquiades la mudita, que por desgracia murió cuando yo apenas tenía 4 años, así que casi no me acuerdo de ella. Tu mamá decía, no se me olvida, que a pesar de ser mudita y haber tenido dos hijos de distintos hombres, mi madre fue una mujer muy trabajadora y honrada, porque los que la embarazaron se aprovecharon de su defecto. Y siempre criticó el que tanto Blas, como Plácido, tus tíos, hermanos de mi tía Lupe, le hubieran hecho un hijo cada uno a mi madre; así que Valentín y yo somos hermanos de madre, pero primos también por parte de padre. Yo tuve que ver, de jovencito, con algunas mujeres del bule de con la Rosenda, pero, pos, cuando Zeferino el Cucho se aprovechó de mí, estando borracho yo, pos la verdad, me gustó, y ya me quedé como soy. Luego, cuando me fui a Tijuana una temporadita, ¿te acuerdas?, dizque porque allá había mucha chamba, pero mentiras, pos entonces conocí a Leocadio el Pinto, que como tiene jiricua todos le hacían el fuchi. Yo no, y conmigo se engrió, porque nunca lo rechacé, y aquí vivimos muy a gusto. Tú no lo conoces, anda en el potrero cuidando las chivas, luego te lo voy a presentar, espero que no te dé grima saludarlo por sus manchas, es jiricua, te repito, pero de la que no se pega. Verás que fuera de eso, está bien afaccionado el cabrón, y conmigo es a todo dar. Al principio, cuando llegamos el Pinto y yo a Los Capires, como que la gente nos veía con recelo, pinche gente, pero ahora que ya se dieron cuenta que los dos somos hombres de trabajo, porque nos hicimos de nuestro potrero y tenemos la manada de chivos para comerciar, pos ya se les acabó la comezón. Con decirte que hasta tus primas, Camerina y Graciana, sí, esas a las que les decían las huilotas bizbirrindas, por briosas, y que ahí están de quedadas, son grandes amigas nuestras. Yo ya ni te pregunto cómo te ha ido, se ve que bien, primo Ulises. Ya vi la camionetona Lobo que te cargas, potente y nuevecita. Y eso que me dices que ya no vives en Washington, que ya vives aquí en el país, en Sinaloa, pos a todo dar, porque te tenemos más cerca. Y luego si, como es tu pienso, compras las parcelas de allá por El cascalote viejo, al otro lado del Cerro del vigía, pos todavía mejor. La realidad es que ahora en Los Capires ya queda poca gente, todo mundo se va al norte o a la ciudad a buscar trabajo. Porque, no te creas, vivir del campo o del poco ganado que se tiene, como dijo el Guty cuando le agarró aquéllo a Saturnino: ¡está duro! V. de Alvarez, Col., octubre de 2011.
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Escrito por Gilbertro Guerrero Ríos
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Sábado, 19 de Noviembre de 2011 20:33 |
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REIR LLORANDO Gilberto Guerrero Ríos Son ya las diez de la noche y apenas llego al camerino. La función de media noche en realidad inicia a las once y yo participo en tres de los sketches. Tendré que apresurarme con el maquillaje y el vestuario. Aunque el público de carpa no es muy exigente, la rutina, la experiencia y casi veinte años de andar en la legua conforman una actitud de responsabilidad en los actores, y yo no soy la excepción, ya que entré al medio por gusto, nadie me forzó. Parece cosa de ayer cuando, aún adolescente, me presenté con el señor Basurto y sin más preámbulos le dije: “Quiero ser actor. ¿Me puede ayudar a lograr esta meta?” -Mira, jovencito, ¿ya lo pensaste bien? Esto de ser actor no es miel sobre hojuelas. Hay que tener verdadera vocación para aguantar muchos malos ratos. Los jóvenes generalmente se deslumbran con la fama, las candilejas y los carteles en que se anuncia el teatro; pero esto también significa renunciar a muchas satisfacciones que disfruta la gente que no anda en la farándula. Aunque –agregó-, como lo dices con mucho aplomo, pareces listo y no tienes mala estampa, ven a verme después de la función del domingo y ya platicaremos con calma. Apenas era viernes, así que aproveché el fin de semana para dar una repasada a los apuntes de la Escuela de Arte Teatral del INBA, que me había prestado un amigo, aprendiendo de memoria aquello de: …debes tener la facilidad para encontrar en ti distintos sentimientos y manejarlos para que los saques en escena aunque no los sientas realmente. Como decía un director ruso: también debes aprender a reaccionar de manera verdadera a estímulos falsos. Y sobre todo debes tener disciplina, no impuesta por fuera sino desde tu interior, que sepas que la actuación puede ser una pareja muy celosa y demandante. Sobre características físicas, puedes ser joven, viejo, alto, chaparro, delgado o gordo o como quieras, y eso no importará pues encontrarás un lugar en la actuación”. El señor Basurto, al parecer, percibió en mi actitud la convicción adquirida con los consejos anteriores, y en la semana siguiente ya estaba yo como ayudante de utilería en el teatro, así como actor emergente en los papeles que lo requerían cuando alguno de los actores secundarios faltaba. De ahí en adelante participé en un sinfín de obras de todo tipo: dramas, comedias y musicales. Aunque mi fuerte, a decir verdad, era el teatro costumbrista; alguien comentó que lo hacía con gracia, fuerza y sentimiento. Luego, en el ambiente conocí a Laura, maquillista y peluquera, quince años mayor que yo, con quien hice vida en común en unión libre. Fueron casi diez años de relativa estabilidad en todos sentidos, hasta que el teatro, al morir el señor Basurto, cambió de dueño y tuve que incorporarme al trabajo actoral en carpas. Como actor gozaba de cierto cartel; pero, sobre todo tenía fama de formal, responsable y de una gran versatilidad. Laura, de bebedora social pasó a ser una verdadera alcohólica. No sé si eso haya influido para que nuestro único hijo, Tristán, naciera con Síndrome de Down. Laura murió de una anemia crónica ocasionada por el sangrado de las várices esofágicas, consecuencia a su vez de una cirrosis hepática. Tristán, para mí el niño más dulce, tierno y cariñoso, recibió todo el caudal de amor que mi condición de actor itinerante podía brindar, pasándola bien juntos, con mucha comunicación a pesar de su retraso mental de grado moderado. No obstante que siempre estuve consciente de las limitaciones que tienen las personas como mi hijo, tras la muerte de Laura, volqué todo mi interés, ternura y dedicación hacia él, sin descuidar nunca mi desenvolvimiento como actor. Por ello, hoy que inicio el proceso de maquillarme para el sketch en que voy a participar, de albures y pastelazos, recargo el color en las ojeras, para disimular las lágrimas que me produce el recordar que debo regresar a la funeraria donde se halla el cuerpo de Tristán, que al igual que muchos de los casos como él, tuvo muy corta sobrevida. Y no sin cierta ironía, me viene a la mente la cita del poeta, tan apropiada para mi circunstancia: “nuestras vidas son breves mascaradas, aquí aprendemos a reír con llanto… y también a llorar a carcajadas”
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Escrito por Eduardo M.Lázaro
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Sábado, 19 de Noviembre de 2011 20:25 |
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LA PARED Eduardo M. Lázaro oy una persona con mucha imaginación, lo reconozco; fantaseo muy seguido. A veces hasta sueño despierto, pero no estoy loco, se los aseguro. Esto que voy a narrar realmente sucedió: Tenía unos siete años y estando sentado en el retrete de casa (muy vieja por cierto), me divertía viendo las figuras que se formaban en las paredes del baño. La humedad y el tiempo habían arruinado la pintura de esmalte, decolorándola y formando algunas manchas que yo interpretaba como figuras; graciosas unas, grotescas otras. Al frente había un oso con gorro de Peter Pan; a un lado, una bruja con sombrero picudo y escoba; más a la izquierda, la cabeza de un cervatillo; en la pared derecha, una paloma con las alas extendidas; en la puerta, la cara de un ogro con un solo ojo; arriba, un señor con una nariz ganchuda y deforme; había también un abejorro, un avión de propulsión a chorro, un duende bailando, que después de un rato se transformaba en un gato saltando la cuerda. Me llamó la atención algo que no había visto hasta ese día. Y que de seguro siempre había estado allí. Un pelo de brocha. Así es, un pelo de brocha atrapado entre la pintura y la pared. Pegado, agazapado, esperando que alguien reparara en él. Ahí había estado todo el tiempo, desde que se pintaron las paredes seguramente, pero que ahora saltaba de repente, se hacía presente, se hinchaba, se dibujaba, negro y grueso. Al alcance de la mano. Un pelo negro de brocha… Como ya llevaba algo de tiempo sentado y la naturaleza no había hecho lo suyo, opté por liberar el pelo de su prisión. Solo tenía que estirarme un poco y rascar para despegar ese singular pelo de brocha. Me olvidé por un instante de las figuras en la pared y mi atención quedó fija en ese único pelo prisionero. Me moví un poco hacia adelante y sentí alivio en mis piernas que ya comenzaban a entumirse. Me estiré un poco más para alcanzarlo y comencé a raspar con mi dedo al misterioso pelo, que ahora que lo pienso realmente era extraño pues era más grueso que otros que yo había visto atrapados en otras paredes. Poco a poco fue separándose de la pintura y la pared que lo apresaba. Rascaba con mi uña y mi esfuerzo comenzaba a dar sus frutos. El pelo se separó hasta casi la mitad de su longitud, haciendo un gracioso arco. Triunfante opté por terminar de sacarlo de una vez por todas y puse mi dedo entre la pared y el pelo con el fin de dar el último estirón. Ahí comenzó todo… Al poner mi dedo en ese lugar sentí que el pelo se rebelaba, se resistía, presionó un poco mi dedo. Al principio, pensé que era mi imaginación o que simplemente era la resistencia natural de un pelo atrapado todavía por un extremo… Pero no. Siguió aumentando su presión poco a poco, y un estremecimiento sacudió todo mi pequeño ser. A mis escasos siete años podía comprender que un pelo, aún uno grueso como ése, no debería de ejercer esa presión que yo estaba sintiendo en mi dedo. El pelo estaba reacio y presionaba mi dedo a tal punto que sentí que también iba a quedarme pegado a la pared del baño. Entonces lo comprendí de un sopetón; las figuras que yo había visto en las paredes del baño seguramente habían sido atrapadas por él. Sentí cómo los cabellos de mi cabeza se erizaban y sin esperar a subirme los pantalones cortos, salí corriendo del baño lanzando un potente alarido. ¡Mamaaaaaá!
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