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Por un pinche cigarro (cuento) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Eduardo M.Lázaro   
Domingo, 25 de Septiembre de 2011 18:14

Por un pinche cigarro

Eduardo M. Lázaro

 

Ahorcado 

Ya era tarde cuando lo trajeron, tenía el terror reflejado en su rostro. Se le notaba la muerte en sus ojos apagados y apenas brillaba una lucecita allá muy dentro.

 

Ni siquiera saludó. Solamente se quedó ahí, parado mirando para afuera por entre los barrotes de la ventana, con la mirada extraviada y los hombros caídos.

 

Traía un uniforme de gendarme color caqui, deslavado y sucio. Era raro ver a alguien de su condición en una prisión. Su figura era enjuta y seca. Con un pequeño bigote ralo en los extremos de la comisura de sus labios delgados. No tendría más de cuarenta años, pero parecía un viejo.

 

Me le acerqué y le ofrecí un cigarro con un ademán. Él, al verlo se sobresaltó y me miró con más terror en su rostro moreno. Volví a hacer el mismo ademán con la cajetilla de cigarros, y entonces vacilante tomó uno. Le temblaban las manos.

 

Le encendí el cigarro y le di su tiempo. Me fui al catre y me eché para observarlo disimuladamente, mientras me fumaba mi propio cigarro.

 

Poco a poco se fue calmando conforme consumía el cigarro. Al poco tiempo vi que ya estaba dispuesto a hablar. Entonces le pregunté:

 

—Por qué te trajeron.

 

—Maté un hombre- me dijo con voz cansada, sin voltear a mirarme.

 

—Qué pasó

 

El hombre se acercó y me pidió otro cigarro.

 

—Hace unos días agarramos a Gumersindo Mojica, ¿lo conoce?

 

—No

 

—Bueno, pos era un hijo bastardo de Don Eliodoro Lozano, uno de los hombres más ricos e influyentes del pueblo.

 

—Ah, sí lo conozco

 

—Pos resulta que Gume, se robó unas vacas del rancho Los Colomitos, y ya era como la tercera o cuarta vez en el año que lo hacía. La primera vez se robó un caballo de don Pedro Correa y estuvo encerrado tres días, pero su papá pagó una fianza y lo dejaron libre. Así pasó con las otras veces. Más tardaba en entrar al bote, que en salir como si nada.

 

Esta vez, me dijo el Presidente munecipal que le diéramos una escarmentadita, que ya estaba güeno de tanta robadera y que no podía seguir haciendo de las suyas así como así.

 

Como yo era el comandante, pos me dije; vamos a darle una asustadita a Gume, pa’ que se deje de tarugadas.

 

Así es que me lo llevé al monte junto con mis dos ayudantes. Le amarramos las manos por detrás. Él iba rete asustado en la mula, pelando los ojos y preguntándonos que qué le íbamos a hacer, que adónde lo llevábamos…

 

Ya verás le decíamos, pa’ que aprendas…

 

Llegamos al potrero de los Mejía y nos juimos derecho a una guásima grande, que estaba en el fondo del potrero. Pasamos la soga por una rama y la amarramos al pescuezo de Gume. Él nomás nos pelaba los ojos y gritaba que no, que no lo volvería a hacer, que para sustos ya estaba güeno

 

Cuando estuvimos listos les dije a los muchachos que le quitaran la bestia, pa’ que se quedara colgado. Los muchachos ya sabían que nomás le íbamos a dar un susto, así que se reían a carcajadas mientras Gume daba de pataditas al aire ahí colgado como badajo. Feliciano, uno de mis ayudantes me dijo que ya estaba güeno, que lo bajáramos. Le dije que nomás me iba a acabar el cigarro.

 

Así fue, después de que pisé la colilla les dije que lo bajaran. Pero Gume ya no se movía. Con la lengua de fuera y los ojos en blanco ya se había puesto morado. Se había hecho en los pantalones y apestaba. Entonces me asusté. Se trataba nomás de darle un escarmiento, pero se nos había muerto. Como pudimos lo trajimos a la presidencia tapado con unos costales de iste para que la gente no lo viera. Cuando el presidente supo, casi me pega un tiro, estaba muy enojado y me dijo:

 

—Cómo eres pendejo Reyes, por qué dejaste que se te muriera, si nomás se trataba de asustarlo, ahora qué carajo le voy a decir a don Eliodoro, con qué cara le digo que se murió su hijo mientras lo teníamos detenido…

 

—Y pos como don Eliodoro es muy influyente, pos aquí estoy esperando a que me afusilen por la muerte de Gumersindo Mojica. Por un pinche cigarro…

 

Estuvimos platicando toda la noche. Me contó de su familia y yo le dije el por qué me habían detenido.

 

Muy de madrugada vinieron por él cuatro gendarmes, cuando se lo llevaban le pregunté a uno; ¿qué le van a hacer?

 

—Una escarmentadita —me dijo— una escarmentadita.

 

Esa fue la última vez que lo vi.

 

A los dos días me liberaron. Mi padre había pagado la fianza.

 

Eduardo M. Lázaro; es exalumno del taller de cuento; Letrastocadas impartido por el escritor Agustín Benítez Ochoa.

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