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El tesoro (cuento) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Eduardo M.Lázaro   
Sábado, 19 de Noviembre de 2011 20:13

EL TESORO

Mapa del tesoro 

Eduardo M. Lázaro

L

a primera vez que lo enterraste, tenías la seguridad de que jamás lo volverías a ver. Sin embargo a los siete días lo exhumaste, argumentando la necesidad de verificar las condiciones en las que podría encontrarse.

            Después hiciste varios intentos por sepultarlo, pero a los escasos días lo recuperabas, sólo para intentar deshacerte nuevamente de él.

            Estaba siendo más difícil de lo que habías imaginado. Debías de olvidarte de los papalotes y del viento en la cara corriendo en el potrero; de ir detrás de los barquitos de papel lanzados a la aventura, después de una tarde lluviosa; de los juegos en la casita del árbol; de las escondidillas.

            Te sentías grande a tus catorce años. Una parte de ti estaba renuente, se resistía; mientras que otra te exigía crecer.

            Ya habías conocido el placer de la lectura y descubierto los cuentos, las novelas y los libros; cuando escapabas de casa y te ocultabas en la biblioteca (el lugar más tranquilo y solitario del pueblo); así conociste a Juan Rulfo; a Julio Verne;  a Mark Twain; a Charles Dikens; Alejandro Dumas... Así descubriste otros mundos, otros espacios, otras realidades.

            Cuando te disponías a inhumar por enésima vez tu tesoro, te acordaste de los momentos maravillosos que habías pasado. Las aventuras en la selva indómita, de la mano del Tarzán de plástico y de su inseparable león; recordaste las épicas batallas de tus soldaditos de plomo; los viajes interestelares con la nave espacial y los cosmonautas que te regalaron en navidad; las batallas campales de los indios y vaqueros que opacaban a las mejores producciones hollywoodenses; las aventuras submarinas con el hombre rana, que te compraron en la feria de Colima y que se movía sobre el agua al compás de la presión de su perilla de hule; tu pistolita de saltapericos; tu jeep de hojalata; tu trompo de parota y punta de chilillo; el balero de primavera que le ganaste a Quique; las canicas que guardabas celosamente en ese frasco de cristal.

             Habías hecho como siempre un mapa de su localización, anotando cuidadosamente: ocho pasos del árbol de tamarindo hacia el portón, cinco pasos hacia la barda de don Timoteo y siete pasos hacia el muro de ladrillo; y habías puesto una X en el lugar exacto donde se supone descansaba para siempre tu tesoro.

            Sin embargo por más que escarbaste y escarbaste, no pudiste encontrarlo; posiblemente por la cantidad de tierra removida con anterioridad o porque simplemente se había cansado de ser inhumado y exhumado constantemente y había decidido desaparecer.

            Sea como fuere, en ese momento comprendiste que tu niñez se había ido para siempre. Ahora sólo te quedaba continuar con tu vida; después de todo, te quedaban los recuerdos maravillosos de tu infancia, y ya te esperaban tus nuevos amigos: los libros.

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