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La mala sangre (cuento) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Gilbertro Guerrero Ríos   
Sábado, 19 de Noviembre de 2011 20:19

LA MALA SANGRE

Soldados golpeando estudiantes en el 68 

Gilberto Guerrero Ríos.

 

-Mira, hijo, sólo por que me preguntas con tanta insistencia, aunque ya ha pasado mucho tiempo y  aún me duele, te diré la verdad:

Tengo la impresión de que fuera del D.F. lo de Tlatelolco no trascendió. En muchas partes  casi ni se enteraron de esos hechos. Por el radio y los periódicos quizás algunos supieron que la cosa estuvo fea, que murieron muchos estudiantes y aún gente que ni la debía. Es más, dijeron que fue un complot comunista para boicotear las olimpiadas. De ahí no pasó.

Después supe que aquí decían que yo era un cabrón, que anduve de revoltoso en los enfrentamientos entre una prepa y una vocacional cuando se inició el movimiento estudiantil; y que por eso me habían metido a la cárcel en Lecumberri junto con muchos otros estudiantes y líderes.

Lo cierto es que, allá en México, mi tío Leonel, con el que vivía en su casa, de arrimado, cuando se enteró que yo andaba en las manifestaciones del movimiento estudiantil, me dijo claramente que ya no contara con él, pues yo no tenía por qué andar de mitotero, metido en el argûende,  en los dizque conflictos sociales.

 Fue cuando el ejército entró al Casco de Santo Tomás a sacar a los estudiantes del Poli y que, después de una larga y dura batalla campal,  hubo  heridos, muertos y detenciones. Recuerdo bien que le dije a mi tío que no era justo que se derramara la sangre de los estudiantes. Él me contestó: ¡Pues es la mala sangre de los revoltosos! ¡Merecido se lo tienen por andar en esos escándalos! Y me corrió de su casa.

Tuve qué aceptar la invitación de Daniel, un amigo compañero de la ESIME, para irme a vivir con él en un departamentito que  rentaba por el rumbo de Tacuba.

Yo prácticamente me sostenía con lo poco que me enviaba mi familia. Pero como por el movimiento estudiantil se suspendieron las clases, aproveché para, además de ir a las manifestaciones y asambleas del  Consejo Nacional de Huelga, buscar una chambita que me permitiese obtener algo de dinero, que buena falta me hacía. Como sé escribir a máquina y no tengo muy mala ortografía, por medio de otro amigo, de inmediato conseguí trabajo de  empleado de oficina, por las mañanas, en un negocio ubicado por la Avenida Ejército Nacional. El sueldo no era gran cosa, pero al menos me bastaba para ayudar en la renta del departamentito y pagar la alimentación en una fonda.

 El 2 de octubre, por mera casualidad, ni siquiera estuve en los hechos de Tlatelolco. Y no fue por decisión mía. Sucedió que el jefe de la oficina  me pidió que fuera por la tarde a terminar unos trabajos urgentes de mecanografía y contabilidad. Precisamente el dos de octubre me citó a las cuatro de la tarde.

-Sólo por dos horas, -me dijo- ya que no es muy extenso lo que hay que revisar.

Un poco de mala gana, acepté. Y es que ya habíamos acordado Daniel y yo que iríamos juntos al mitin en Tlatelolco, y de ahí a la marcha que terminaría en el Casco de Santo Tomás, del Politécnico. Así que tuve que decirle a mi amigo que se fuera solo y que yo trataría de llegar a Tlatelolco antes de que iniciaran la marcha.

En eso quedamos, pero mi jefe y yo terminamos la revisión de los documentos  casi a las siete de la noche, así que comenté  que me iría de volada a  participar en la marcha estudiantil.

-Oye, chavo, espérate, -me dijo mi jefe- no creo que sea prudente que vayas. Ya ves cómo han estado las cosas de feas. Hasta muertos  hubo en el Casco de Santo Tomás hace unos días. Nada más que el gobierno, por lo de las olimpiadas, trata de no hacer mucho escándalo con esas noticias. Además, hace rato, antes de que llegaras, pasaron muchos camiones con soldados que salieron de la Secretaría de la Defensa, que está aquí cerca, iban bien armados, yo creo que para aplacar a los estudiantes. Mira, -agregó- tómate un café y ahorita que termine de firmar los documentos nos vamos en mi vochito y te dejo de paso en el Politécnico y ahí buscas a tu amigo.

Resignado, acepté. Pero para mi desencanto, al llegar al Poli  encontramos todo tranquilo, sin vestigios de algún mitin. Mi jefe, al notar mi desilusìón, me comentó:

-Yo creo que el ejército debió haber convencido a los líderes estudiantiles de que no era prudente hacer la marcha y seguro se dispersaron en Tlatelolco. No creas, causan  muchos trastornos al tráfico y a los comercios. Qué te parece si  te invito a merendar a mi casa; yo vivo en la Colonia Industrial. Y ya olvídate de mítines y escándalos estudiantiles.

-Bueno, gracias, -le dije- ya después me contará Daniel cómo estuvo el mitin.

Luego, rumbo a la casa de mi jefe, al pasar cerca del Hospital de La Raza, nos llamó la atención el hecho de que hubiera grupitos de gente que discurrían algo entre ellos, señalando en la dirección a donde está la Unidad Tlatelolco. Pero no comentamos nada al respecto.

Ya en su casa, la esposa de mi jefe, muy gentil, nos preparó un chocolate que tomamos con cocoles de anís. Mientras merendábamos ella comentó:

-Ay, yo creo que siguen los líos de los estudiantes. Apenas hace media hora que llegué del centro a donde fui de compras. El camión en que me vine fue desviado antes de llegar a Tlatelolco porque había manifestación. Tuvimos que dar un rodeo allá por Peralvillo y la Calzada de Guadalupe. Se oyeron truenos como de cuetes. Ya no sabe uno ni qué pensar.

Después de una charla breve, intrascendente, como a las nueve y media de la noche, me despedí, tomé un taxi y llegué al departamentito, ansioso de  que Daniel me platicara cómo estuvo el mitin.

Grande fue mi sorpresa al entrar y ver que Daniel no estaba allí.

Me pareció raro que a esa hora, casi las 10 de la noche, aún no llegara; pero pensando en que no tardaría, después de leer un rato, me desvestí y me acosté. Mientras, prendí el radio. Me sorprendí de que, en lugar de música, estuvieran transmitiendo noticias: “…esta tarde en Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas, ocurrió un enfrentamiento entre los estudiantes y el ejército. Se reportan decenas de heridos e incluso se habla de que hubo algunos muertos…”.

La noticia casi me quitó el aliento. De inmediato pensé en lo que podría haberle ocurrido a mi amigo Daniel. Imaginándome lo peor empecé a maquinar lo que habría que hacer para saber qué había pasado con él.

Recordé que  su hermana Socorro, estudiante de medicina, estaba haciendo su internado en el Hospital General, así que de inmediato me vestí para ir al hospital, tratar de localizarla y decirle que Daniel no había regresado del mitin en Tlatelolco. En eso estaba cuando en el radio emitieron otro mensaje: “…En Tlatelolco, el enfrentamiento entre estudiantes y el ejército ha dejado un gran número de lesionados y también se reportan decenas de muertos. Se dice, incluso, que el capitán que comandaba a los soldados resultó herido”.

Al oír aquello no esperé más. Ya eran las once de la noche, tomé mi chamarra y al ir a la puerta de salida del departamento, ésta se abrió violentamente, entrando Daniel con una expresión de angustia y espanto difícil de describir.

De inmediato lo tomé de un brazo y sacudiéndolo le dije:

-¡Daniel, qué pasó, cómo estás, porqué llegas hasta ahorita!

Èl sólo me miraba con los ojos desorbitados, sin poder articular palabra.

-¡Cálmate!, -le dije- cuéntame, ¿vienes lastimado?

Fue hasta ese momento en que, con aquella expresión de angustia y terror, exclamó balbuceante:

-”¡Ba…la…zos,  san…gre, muer…tos, muchos muertos, niños, estudiantes, señoras…!” -Y se cubrió la cara con las manos estallando en sollozos incontenibles-.

Yo tampoco me pude contener. Recuerdo que lo abracé con fuerza… y lloré con él…

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