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EL REGRESO DE ULISES. (Cuento)  Gilberto Guerrero Ríos. -Ay, pariente, qué gusto me da que estés otra vez aquí en Los Capires. Y más todavía que me hayas pedido que te acompañara a hacer este recorrido por el pueblo. Sí, ya sé que bien podías haber conseguido a alguien más que te llevara de un lado a otro; pero, pos, la verdad, aunque me esté mal el decirlo: pocos te pueden contar como yo de lo que ha sucedido en todo ese tiempo que tú estuviste fuera. Mira, ahí viene doña Trini, la Gallinera. ¿Te acuerdas que le pusieron así porque viniendo de fuera, compraba gallinas para irlas a vender a la ciudad en el mercado? Claro que no la ibas a reconocer, pos si de eso hace ya veinte años. De sus hijas, acuérdate que tenía tres, y las tres bien cabronas, se fueron con los guachos de un pelotón que llegó al pueblo después de una de las tantas matazones que había antes. Yo creo que hicieron bien en terminar de galletas. Aquí difícilmente iban a salir. Sin preparación ni dinero no la hacían, más bien hubieran terminado como tu comadre, la Pajuela, que nunca se casó y en qué se las vió para criar a sus 4 hijos; aunque hay que reconocer que lo vaga no se le quitó nunca. ¿No te acuerdas cómo le gritaba al carpintero Nicho el Caborreón?, de una esquina a otra: ¡Compadre, hazme un catre, te lo pago con sapo! Y se meaba de la risa la cabrona, por la sacada de onda que le daba con esos gritos al pinche de Dionisio. Pero te decía de la Gallinera, finalmente se quedó a vivir aquí, en Los Capires, y se las arreglaba para mantenerse con sobadas y poniendo ventosas y cataplasmas para los empachos. Ya de vieja, se juntaba con doña Chagua, la partera, y aprendió a asistir a las mujeres cuando iban a parir. Y le tienen bastante confianza, la pura verdad. Ah, pos te decía de las hijas de doña Trini, con los años al parecer sus guachos ascendieron y ahora dizque ya son oficiales. En el pueblo dicen que ya no son galletas, sino empanadas, porque cuando vienen llegan muy encatrinadas, ya rollizas, pero se ve que no les ha ido del todo mal. En cambio, mira, aquí vive doña Tencha, la viuda de el Mocho Jairo, con sus tres hijas, quedadas las tres, aunque dos son bien machorras y ni siquiera lo disimulan. Ah, pero eso sí, todas bien fijadas, persignadas y pretenciosas. Muy creiditas, viendo a todo mundo chiquito; por eso están como están, son como las mulas de El Diezmo, que de sus mismos pedos se asustan. No, si el pueblo ya no es lo que era cuando tú vivías aquí, y más ahora con la gente que se ha ido al norte. Y se sigue yendo. Ah, mira, ahí en esa casa verde vive Eustolia, aquella morena que te gustaba tanto, porque estaba bien acuerpadita, la mera verdad. Pero pos como tú te fuiste a Mexicali con tu familia, y luego hasta Washington, la Eustolia le hizo caso a un fuereño, el Alfeñique le pusieron de apodo por flaco, pero se llama Severo. Y qué te cuento, la Eustolia empezó a embarnecer en cuanto se casó, y ahora es un tinaco con patas la méndiga. Los vagos del pueblo dicen que Severo, cuando se acuesta con ella parece roño en parota. ¡Cómo ves! Acá en la orilla, junto al barrancón, en aquella casita de zacate, vive Candita la Ida. Es un alma de Dios, no sale de la iglesia, rezando y preguntando a todos los fuereños que llegan si saben de sus hijos y de su marido. Sí, cuando la matazón en la cantina de Leobardo, acuérdate, le mataron a sus dos hijos y a su esposo. Desde cuando los velaron empezó a írsele la razón. Nunca los lloró, y no acepta que ya están muertos; dice que se fueron a trabajar a la mina de La Colorada; quién sabe de dónde sacó ese nombre. Pero es bien tierna y amable con todo mundo. Hace su quehacer y es muy limpia. Su hermano Sidronio, al que le dicen el Berrendo, es quien se encarga de darle para el gasto diario. Pobrecita. Pero, vámonos sentando aquí en esta piedra, antes de regresarnos por el camino viejo al Tepehuaje, para que veas a otras gentes, y también platicarte mientras cómo me ha ido: Mira, Uli, tú sabes que a tí te tengo confianza, porque desde chiquillos nos criamos prácticamente juntos, en la misma casa. Tu mamá, la tía Lupe, siempre me tuvo estimación y consideraciones. Y nunca hizo distingos por mi forma de ser. Aunque a veces tú y tus hermanos no dejaban de burlarse por mis gustos de jugar con muñecas y querer hacer la comida y planchar. Pero eso sí, nunca he sido amanerado. Y sí, las cosas que me gustan más hacer son las que hacen las mujeres, menos vestirme como ellas. Yo no le veo nada de malo. Y ya no les hago caso a los cabrones que se burlan. Me vale madres. Yo siempre he salido adelante trabajando como hombre en el campo, o como mujer en la casa. ¡Y qué!. Tu mamá fue de las pocas señoras que nunca se avergonzó de mí, es más, siempre me dijo que ella quiso mucho a mi madre, Melquiades la mudita, que por desgracia murió cuando yo apenas tenía 4 años, así que casi no me acuerdo de ella. Tu mamá decía, no se me olvida, que a pesar de ser mudita y haber tenido dos hijos de distintos hombres, mi madre fue una mujer muy trabajadora y honrada, porque los que la embarazaron se aprovecharon de su defecto. Y siempre criticó el que tanto Blas, como Plácido, tus tíos, hermanos de mi tía Lupe, le hubieran hecho un hijo cada uno a mi madre; así que Valentín y yo somos hermanos de madre, pero primos también por parte de padre. Yo tuve que ver, de jovencito, con algunas mujeres del bule de con la Rosenda, pero, pos, cuando Zeferino el Cucho se aprovechó de mí, estando borracho yo, pos la verdad, me gustó, y ya me quedé como soy. Luego, cuando me fui a Tijuana una temporadita, ¿te acuerdas?, dizque porque allá había mucha chamba, pero mentiras, pos entonces conocí a Leocadio el Pinto, que como tiene jiricua todos le hacían el fuchi. Yo no, y conmigo se engrió, porque nunca lo rechacé, y aquí vivimos muy a gusto. Tú no lo conoces, anda en el potrero cuidando las chivas, luego te lo voy a presentar, espero que no te dé grima saludarlo por sus manchas, es jiricua, te repito, pero de la que no se pega. Verás que fuera de eso, está bien afaccionado el cabrón, y conmigo es a todo dar. Al principio, cuando llegamos el Pinto y yo a Los Capires, como que la gente nos veía con recelo, pinche gente, pero ahora que ya se dieron cuenta que los dos somos hombres de trabajo, porque nos hicimos de nuestro potrero y tenemos la manada de chivos para comerciar, pos ya se les acabó la comezón. Con decirte que hasta tus primas, Camerina y Graciana, sí, esas a las que les decían las huilotas bizbirrindas, por briosas, y que ahí están de quedadas, son grandes amigas nuestras. Yo ya ni te pregunto cómo te ha ido, se ve que bien, primo Ulises. Ya vi la camionetona Lobo que te cargas, potente y nuevecita. Y eso que me dices que ya no vives en Washington, que ya vives aquí en el país, en Sinaloa, pos a todo dar, porque te tenemos más cerca. Y luego si, como es tu pienso, compras las parcelas de allá por El cascalote viejo, al otro lado del Cerro del vigía, pos todavía mejor. La realidad es que ahora en Los Capires ya queda poca gente, todo mundo se va al norte o a la ciudad a buscar trabajo. Porque, no te creas, vivir del campo o del poco ganado que se tiene, como dijo el Guty cuando le agarró aquéllo a Saturnino: ¡está duro! V. de Alvarez, Col., octubre de 2011.
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