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Cuento de Navidad  Eduardo M. Lázaro ada año es lo mismo. Luces de colores, arbolitos, coronas, cancioncillas y tiendas abarrotadas de gente queriendo comprar a última hora sus regalos. Es increíble que la gente se entusiasme tanto por la navidad. De veras no los entiendo. Todo el año viven como perros y gatos y de pronto quieren cambiar en unos días y ser buenas personas. De la noche a la mañana. Salen de su casa y saludan al vecino amablemente con una sonrisa y le desean feliz navidad. Como si no recordaran que es el mismo sujeto que les arroja la basura a su patio. El mismo que saca a pasear a su perro y les deja un recuerdo en el jardín. Que se estaciona frente a su cochera sin ninguna consideración, estorbando la salida de su automóvil. Lo mismo les pasa a los niños. Con el soborno de los regalos, hacen que éstos se comporten medianamente bien, sobre todo después de que son advertidos: — si no te portas bien, no te va a traer nada Santa Claus—. Como si a Santa le importaran los berrinches y pataletas de los escuincles malcriados. Odio los centros comerciales en esta época del año. Con sus villancicos bobalicones, sus adornos exagerados, sus rebajas navideñas invitando al despilfarro y al consumo exagerado. Y la gente ahí, gastando el dinero que no tienen en regalos superfluos y extravagantes. A veces empeñando hasta sus calzones para quedar bien con sus amigos o familiares. Una estupidez. Pero lo que más odio sin duda es a Santa Claus, ese miserable gordo vestido de rojo, casi siempre acompañado de un enano vestido de verde simulando ser un duende. Grotesco. ¿Qué los niños y los papás no se dan cuenta de la clase de sujeto que es? Su rostro demacrado, dientes amarillos y ojos inyectados, hacen juego con su aliento alcohólico que envidiaría el propio demonio. Con un traje que es tres o cuatro veces más grande que su talla. Usando unas botas negras de jardinero sudadas y apestosas. Es increíble que los niños hagan fila para pedir sus regalos y después se tomen la foto del recuerdo con ese gordo artificial. A propósito, tengo que irme. Mi turno está por iniciar. Ustedes disculparán, pero tengo que ponerme todavía esta barba blanca que me hace cosquillas en la nariz y este gorro rojo que me cubre hasta las orejas. No dejen de visitarme con sus niños… Ah, y otra cosa: no olviden tomarse la foto. ¡Feliz Navidad! Jo, jo, jo,jo …
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